Alirio Díaz, un trovador de cuerdas

Las melodías salen y poco a poco hechizan a quien las escucha. La sensación de hipnosis, ante la magistral interpretación que realiza el virtuoso de la guitarra larense, Alirio Díaz embarga el alma a más de uno. 85 años de vida y 66 dedicándoselo al arte del rasgueo, lo han convertido en el mejor guitarrista de Venezuela y el mundo. Conózcalo

Adriana Ciccaglione adrianaciccaglione@gmail.com @adricicca

Fotos: Cortesia Fundación Alirio Díaz

Trabajo publicado en: Revista Sala de Espera

foto alirio díaz

Dos horas separan el camino de Barquisimeto a Carora. En el trayecto, los rayos del sol se van intensificando, hasta cubrir los pasos a propios y visitantes. Zona desértica y xerófila, rociada de gracia y armonía, entre la poca brisa y su suelo ardiente. Al llegar a la hermosa ciudad colonial, sus pisos empedrados, las  casas con techos rojos, su antigua Catedral y construcciones que se niegan a modernizar, van indicando el camino que conduce al equipo reporteril de Sala de Espera al encuentro con el virtuoso de la guitarra, el maestro Alirio Díaz.

En la Fundación que lleva el mismo nombre que el artista larense, esperaba ansioso el guitarrista, con ganas de platicar, escuchar, cantar, pero sobre todo tocar, tocar sin parar, hasta demostrar por qué es considerado el mejor en Venezuela y el mundo.

A sus 85 años de edad, su ánimo y buen humor, son sus acompañantes favoritos. La picardía que brota de sus ojos, descubre el interés que aún despierta en los periodistas. Una sonrisa es la mejor carta de presentación. Mientras se acomoda su corbata de seda rosada, combinado con un pantalón gris y un saco azul, nos recibe con un cordial saludo.

El sombrero es parte de su atuendo, que siempre lleva, al igual que su inseparable compañera, amiga, novia, amante, esposa y cómplice, la guitarra.

 

Entre rasgueos y acordes

Los largos dedos de Alirio Díaz, suben y bajan como pinceladas en el lienzo. Las notas musicales también salen con matices multicolores, como si se conjugara todo el arte en una sola obra. Algunas melodías son intensas y cálidas, como el amarillo del sol que a través de sus rayos se posa en la ventana de la casona, donde se encuentra el guitarrista.  Otras, en cambio, son tenues, dulces, como el susurro que arroja un avispón a la flor.

Todo depende de la pasión que le imprime Díaz a la interpretación. “Tocar es un arte y yo lo siento no sólo en mis manos, en los dedos, que muchos catalogan como prodigiosos. Para sacar de la guitarra esa alma que ella posee, necesito tener todo mi espíritu, concentración y empeño. Y es mutuo, yo le doy todo mi ser y ella me responde, es como una entrega de amor”, explica el maestro, mientras sostiene su guitarra.

¿Cuándo empezó ese idilio de amor con la música y la guitarra?

– Yo nací en La Candelaria, un pueblito que está ubicado a 30 kilómetros de Carora. Mi papá que era muy regañón y estricto, pues éramos once hermanos, tres hembras y ocho varones, él en medio de su rudeza, me enseñó a tocar cuatro. Era muy bueno en la música. Pero, como no todo es color de rosa, mi padre a quien amaba, lo que quería era que yo trabajara en el campo, cosechando, sembrando, trasladando la paja. Y yo me dije para mí, ‘¿quién yo?, que va, yo aquí no me quedo’ (risas).

¿Qué hizo para zafarse de ese compromiso?

– Me escapé de la casa, en una madrugada. Ya había planificado todo, tenía algunos folletos, calendarios, libros que llevaban los comerciantes a los pueblos, para mí eso era un tesoro. Ordene todo, lo metí en una caja y me fui a Carora, en ese tiempo viajaba constantemente para allá, le hacía diligencias a mi papá. La ciudad me llamaba la atención, porque se respiraba cultura, llegaban periódicos, se hablaban distintas lenguas, y, yo lo que buscaba era eso, educación. Quería culminar mis estudios primarios y sacar el bachillerato. Caminé por más de seis horas y sin un medio en el bolsillo, hasta llegar a la ciudad.

¿Quién le tendió la mano en esos momentos?

– Tenía un hermano que vivía en Carora. Pero gracias a Dios, conocí a Don Cecilio ‘Chío’ Zubillaga, él supo de mis intenciones musicales, sabía la vocación que sentía y los sueños que había traído. Ofrecía serenatas en su casa, me escuchaba y le gustaba como tocaba. Él fue un padre para mí. Me ayudó, escribió una carta de recomendación, al poeta Luís Beltrán Guerrero, quien trabajaba en el periódico Presente en Trujillo.

Allí me recibió Beltrán y me presentó con Laudelino Mejías, quien fue mi maestro en solfeo, armonía y me enseñó a tocar saxofón. Ahí empezó mi camino musical.

 

foto alirio

Afinación al éxito
Después de vivir y estudiar en Trujillo que fue su cuna de inspiración, la vena artística le pedía a Alirio Díaz, seguir buscando y descubriendo métodos y enseñanzas, para perfeccionar su destino.
Con una buena base y formación, en 1945 se va a Caracas, donde continuaría forjándose como músico. Sus maestros son Vicente Emilio Sojo y Raúl Borges. Díaz tenía 22 años, en aquel entonces.
“Llegué a Caracas y estudié en la Escuela Superior de Música, mí profesor de guitarra era Raúl Borges, en ese momento me enamoré del instrumento. Allí estuve durante cinco años. Sojo y Borges, se empeñan en que debo seguir estudiando guitarra a un nivel más avanzado. Me consiguieron una beca del Ministerio de Educación y me fui a Europa”, relata Díaz.
¿Se fue a Europa?
– ¡Por supuesto! (exclama apresurado), como iba a desaprovechar la oportunidad. España me abre las puertas en 1950. Uno de los mejores guitarristas y compositores de aquel entonces, Regino Sainz de la Maza, era quien me impartía las lecciones en el Real Conservatorio de Madrid. Obtuve excelentes calificaciones, me otorgaron reconocimientos por ello, además de permitir que hiciera presentaciones como concertista.

Y después… ¿qué destino lo esperaría?
– Me enteré que Andrés Segovia, un guitarrista que daba lecciones en Italia. Duré un año nada más en España, al enterarme de esta noticia tomé un tren y me fui. Conocí la ciudad más hermosa de todo el mundo, Siena. Estuve en la Academia Chigiana, allí recibía clases.
Yo llevaba una técnica, una preparación y el entusiasmo. Solamente éramos cinco en el taller del maestro Segovia. La guitarra atravesaba un mal momento en Europa, había desencanto y desilusión, eran los tiempos de la posguerra.
Corría el año de 1951, y aunque era el mayor en la clase, mi empeño y sacrificio me sirvió, para que tres años después fuera el asistente y sustituto de Segovia, quien en ese entonces, era el más grande guitarrista del mundo.
Descubrí mis capacidades y talento, comenzó mi carrera como concertista y después nunca más pude parar. He recorrido todo el mundo llevando la música venezolana, como embajador de mi país.
En Italia permanecí 15 años, por eso mi amor y cariño con una nación que me dio todo, incluyendo al amor. Mi esposa, amiga, compañera y madre de mis hijos, Consolina Risi, es de allá y yo también me considero un hijo adoptivo de ese país.

Genio musical
Desde ese momento, el maestro Alirio Díaz brilló en los escenarios más fabulosos del mundo. Su guitarra iba guiando los pasos del artista, quien recorrió todo el mundo. Australia, Japón, Inglaterra, son sólo algunos países que desfilan en la agenda de Díaz.
Ha sido aplaudido por varias generaciones, que se han maravillado al ver y escuchar el genio musical que lleva en su espíritu el guitarrista, y, hasta han tratado de imitar su particular estilo.
A otros no le bastan las palmas, y le han otorgado premios y condecoraciones, que encabezan una larga lista de reconocimientos.
“Me siento feliz. He dejado una obra, divulgué la música de Antonio Lauro, Vicente Emilio Sojo e Inocencio Carreño. Hoy en día los estudiantes de guitarra, tocan los ritmos populares venezolanos”, manifiesta orgulloso.
Concursos y festivales nacionales e internacionales, llevan su nombre, como un tributo a esa herencia musical, que hoy sigue dejando frutos en el mundo entero. Hasta en Youtube se puede visualizar videos del maestro Díaz, interpretando magistralmente canciones con su guitarra, mientras que Google arroja 74.800 resultados al que quiera investigar la vida del larense.
“Yo sé que la gente me admira y quiere. Trato de responderles ese cariño, de la única forma que aprendí, tocando guitarra. Yo la sujeto duro, y le digo al oído suavecito, ‘ya nos toca, pórtate bien’. A veces ella me responde, otras me regaña y me quedo pensativo… es entonces cuando entiendo, que esto de tocar guitarra es un acto de amor, pasión y entrega”, dice locamente seducido por su guitarra, el maestro Alirio Díaz.

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3 comments

  1. Lucia Ciccaglione · julio 6, 2016

    Siempre estarán presentes sus interpretaciones…

  2. adricicca · julio 6, 2016

    Así es, nos deja un legado

  3. Felix Eduardo Gutierrez Canelon · julio 6, 2016

    Buena entrevista, bonito recuerdo. Saludos.

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