Sólo con la caridad nos salvaremos…

en honim

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Tendría un poco más de 16 años, cuando por motivos estudiantiles nos dijeron que debíamos apoyar una causa de beneficencia. Nos acercamos al Hogar de Niños Impedidos (HONIM). Una pequeña casa ubicada en la Fundación Mendoza, con niños y adolescentes que ameritaban cuidados especiales por problemas físicos y psicomotores.
Nunca antes había sentido tan de cerca la mano y la mirada de Dios. Quedé cautivada y luego del llamado potazo, ya sin tanto bochinche propia del ímpetu juvenil, decidí trasladarme a esa casa donde se albergaba amor y necesidad.
Me fui metiendo, conociendo. Cada cuarto tenía a niños con condiciones y edades diferentes. En la cocina, Sarita, yo la llamaba cariñosamente Sara T y todas las personas que laboraban allí, tenían diversos desayunos y almuerzos, no todos comían lo mismo.
Cada día era una nueva experiencia y a la vez exigencia para mí. Llegaba más temprano, hacían falta manos. Un día comprendí que yo no daba nada, ellos me daban a mí un saco de bendiciones, con sus sonrisas y sus gestos. Mi mamá me preguntó qué hacía allí, porqué llegaba cansada pero feliz. Siempre fue inexplicable.
Yo llegué justo en el momento de la transición. El padre Ángel y el Gordo como llamaban cariñosamente a un seminarista, habían muerto en un accidente de carro y la institución había quedado huérfana de dirección. Estaba la hermana Juanita de las Misioneras de la Inmaculada Concepción, que me decía con jarra y vaso en mano: “Hay que darles aguita Adriana, aunque no nos pidan, hay que darles aguita”. En ese período, llegaron el padre Javier y el padre Isidro de la obra Don Orione, serían desde ese momento los encargados de llevar esta misión en Barquisimeto. Adoptaron también el Pequeño Cottolengo.
En Honim aprendí a cocinar, a tomar la temperatura, a correr con un muchacho en brazos, a cuidar enfermos, a cambiar pañales, a gritar cuando realmente es necesario, a reír y a llorar, porque cuando más te aferras a uno de ellos, es probable que Dios le dé un pasaje a la inmortalidad y mientras tanto tu corazón quede sin explicación. Me pasó con tantos y con una en especial: Zuleima, a quien le abrí las puertas de mi vida, mi hogar, mi familia.
Recuerdo el día que llegó Oriana. No se llamaba así. Pero era la primera niña que llevaban con la Obra Don Luis Orione y por eso lleva ese hermoso nombre. Era tremenda con todo y con todos, poco a poco su carácter fue cambiando, hoy es una de las que ayuda en este hermoso recinto.
Las verbenas se hacían allí. Llegaban voluntarios y personas de diversas colonias con comidas para vender, con música y alegría. La casa se fue transformando en la institución que hoy muchos conocen.
Durante cinco años me llené de ese ambiente lleno de amor y generosidad. Además del HONIM y el Pequeño Cottolengo, los padres tenían un seminario en la avenida Los Abogados. Pero los seminaristas no resistían, se iban y yo me ponía brava como si el asunto fuera conmigo. Un domingo sonó el teléfono en el HONIM, yo estaba pasando coleto y atendí. Era un joven que llamaba desde Coro para preguntar el teléfono y la dirección del seminario. Cómo se llama, le pregunté. Él respondió Henry Ventura. “Mire Henry le voy a decir algo, usted me dice que tiene vocación y yo le creo, pero aquí donde está llamando hay un montón de muchachitos con cuidados especiales y esa es la verdadera vocación que debe tener, el del servicio”. Cuando terminé mi retahíla, estaba el padre Isidro con brazos cruzados, el ceño fruncido y la peor cara que hubiese visto en mi vida. Para algo sirvió el sermón, Henry Ventura hoy es sacerdote, el primer orionista venezolano y un hombre de Dios que dedicó su vida a esta obra.
Se me hace difícil resumir todas las anécdotas. Las veces que llevamos a presentaciones teatrales a los niños, luego de arduos ensayos, pero ellos felices porque salían, compartían y además eran aplaudidos. Mis cumpleaños ya no eran míos, eran de Jairo, llevaba la torta pero por supuesto primero se le cantaba a él y luego a mí, fueron las mejores velas apagadas.
De las personas maravillosas que conocí, recuerdo al padre Fioravante Agostini, italiano. Me tocó prepararle una cena que no me quedó muy buena y plancharle unas camisas que tampoco quedaron lisitas. Pero él tan noble, siempre fue muy agradecido. Intercambiábamos cartas, sabía cuando lo cambiaban de centro, de Italia a España y viceversa. La última vez que lo vi fue en la estación de trenes en Termini, Roma en el año 2000. No podíamos creer que fuera posible encontrarnos y abrazarnos nuevamente. Me enteré de su muerte y pensé, hay otro ángel orionista en el cielo.
Él fue el encargado de enviarme una postal que decía: “Sólo con la caridad se salvará el mundo”, una frase de San Orione. Entendí que era cierto. Pero además la caridad nos salva a nosotros, de nuestros egoísmos y miserias, nos hace entender al otro, como el prójimo, como al más cercano.
Muchas otras veces pasé, ya no con la misma intensidad en tiempo y dedicación, pero con el cariño intacto, a compartir, para abrazar, para recorrer las miradas y los gestos que siguen dejando huella en mí ser.
Ya HONIM no es la casa pequeña, ni yo la jovencita que aprendía todos los días algo nuevo, pero el vínculo de familia siempre estará, sin importar los años y la distancia.
En estos días observé que en la página de Facebook del HONIM anunciaban su aniversario. Pues sólo me queda desearles feliz cumpleaños a través de estas líneas y de este montón de recuerdos que siempre llevaré en mi corazón, como el mejor período de mi vida. Gracias y que cumplan muchos más.

 

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4 comentarios en “Sólo con la caridad nos salvaremos…

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