Heredera de una tradición que se amasa: La arepa

“… y ya al sueño entregado viendo va mientras sueña que el cielo es un budare, la luna es una arepa y un gran plato de queso rallado, las estrellas, en tanto que las nubes evocan de tan tiernas, lambetazos de fina mantequilla danesa”.
Aquiles Nazoa, Nocturno del poeta y la arepa

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Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Ilustración: Cortesía Oscar Olivares

En mi búsqueda por sembrar la cultura venezolana, pensaba que este escrito lo debía comenzar por decir la etimología de la palabra arepa, sus orígenes, de dónde proviene y todo lo demás.

Pero resulta que he comprendido que algo tengo de los cumanagotos, así como de los gayones y los jiraharas. Por mis venas recorre esa sangre de aborígenes indígenas, pero lo demuestro cuando mis manos se bañan de agua y comienzan a darle forma a la harina para hacer la arepa.

Mis ancestros salen de inmediato, es como un encuentro que se repite cada mañana, al calor del budare, mientras la música que proviene de la radio ayuda a que la labor se haga con alegría,  y entre canto y canto, consigo el pan nuestro de todos los venezolanos.

Soy hija de Ana Teresa y nieta de Carmen, oriundas de Santa Teresa del Tuy, heredera de una tradición que se amasa y que se comparte. Desde pequeña observé como lo hacían, con la calidez del hogar, de la casa abierta, de los muchachos corriendo por los pasillos, mientras el fuego dibujaba figuras inexplicables en nuestros platos de comida.

Cada nueve de septiembre se celebra el Día Internacional de la Arepa. En esta lejanía de mi país, Venezuela, es esa comida la que me acerca a mi tierra. Ese sabor dentro de mi boca me devuelve a la nación que añoro y sueño, la que me dio vida, así como la hoguera de los cumanagotos calentó este alimento que es santo y seña para cada uno de los venezolanos.

Mis arepas son redonditas como las de la Abuela de Gualberto Ibarreto que no sabía de geometría, pero le quedaban perfectas, o las de la Negra Rosa de la Billo´s Caracas Boys. Se han convertido en sol, como las del poeta visual Oscar Olivares.

Pero es sobre todo, el relato de cada venezolano, el manjar predilecto, o como bien lo describe en su poema José Joaquín Burgos la arepa es: “una hostia consagrada por las manos benditas de la Virgen/ Al alba comienza la molienda el amasijo suavizado con agua oloroso a mastranto y a rezo, a súplica, a soledad vestida de violines/ La arepa es una hostia que en el budare quema hacia dentro del alma”.

¡Feliz Día de la Arepa!

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Sólo con la caridad nos salvaremos…

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Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Tendría un poco más de 16 años, cuando por motivos estudiantiles nos dijeron que debíamos apoyar una causa de beneficencia. Nos acercamos al Hogar de Niños Impedidos (HONIM). Una pequeña casa ubicada en la Fundación Mendoza, con niños y adolescentes que ameritaban cuidados especiales por problemas físicos y psicomotores.
Nunca antes había sentido tan de cerca la mano y la mirada de Dios. Quedé cautivada y luego del llamado potazo, ya sin tanto bochinche propia del ímpetu juvenil, decidí trasladarme a esa casa donde se albergaba amor y necesidad.
Me fui metiendo, conociendo. Cada cuarto tenía a niños con condiciones y edades diferentes. En la cocina, Sarita, yo la llamaba cariñosamente Sara T y todas las personas que laboraban allí, tenían diversos desayunos y almuerzos, no todos comían lo mismo.
Cada día era una nueva experiencia y a la vez exigencia para mí. Llegaba más temprano, hacían falta manos. Un día comprendí que yo no daba nada, ellos me daban a mí un saco de bendiciones, con sus sonrisas y sus gestos. Mi mamá me preguntó qué hacía allí, porqué llegaba cansada pero feliz. Siempre fue inexplicable.
Yo llegué justo en el momento de la transición. El padre Ángel y el Gordo como llamaban cariñosamente a un seminarista, habían muerto en un accidente de carro y la institución había quedado huérfana de dirección. Estaba la hermana Juanita de las Misioneras de la Inmaculada Concepción, que me decía con jarra y vaso en mano: “Hay que darles aguita Adriana, aunque no nos pidan, hay que darles aguita”. En ese período, llegaron el padre Javier y el padre Isidro de la obra Don Orione, serían desde ese momento los encargados de llevar esta misión en Barquisimeto. Adoptaron también el Pequeño Cottolengo.
En Honim aprendí a cocinar, a tomar la temperatura, a correr con un muchacho en brazos, a cuidar enfermos, a cambiar pañales, a gritar cuando realmente es necesario, a reír y a llorar, porque cuando más te aferras a uno de ellos, es probable que Dios le dé un pasaje a la inmortalidad y mientras tanto tu corazón quede sin explicación. Me pasó con tantos y con una en especial: Zuleima, a quien le abrí las puertas de mi vida, mi hogar, mi familia.
Recuerdo el día que llegó Oriana. No se llamaba así. Pero era la primera niña que llevaban con la Obra Don Luis Orione y por eso lleva ese hermoso nombre. Era tremenda con todo y con todos, poco a poco su carácter fue cambiando, hoy es una de las que ayuda en este hermoso recinto.
Las verbenas se hacían allí. Llegaban voluntarios y personas de diversas colonias con comidas para vender, con música y alegría. La casa se fue transformando en la institución que hoy muchos conocen.
Durante cinco años me llené de ese ambiente lleno de amor y generosidad. Además del HONIM y el Pequeño Cottolengo, los padres tenían un seminario en la avenida Los Abogados. Pero los seminaristas no resistían, se iban y yo me ponía brava como si el asunto fuera conmigo. Un domingo sonó el teléfono en el HONIM, yo estaba pasando coleto y atendí. Era un joven que llamaba desde Coro para preguntar el teléfono y la dirección del seminario. Cómo se llama, le pregunté. Él respondió Henry Ventura. “Mire Henry le voy a decir algo, usted me dice que tiene vocación y yo le creo, pero aquí donde está llamando hay un montón de muchachitos con cuidados especiales y esa es la verdadera vocación que debe tener, el del servicio”. Cuando terminé mi retahíla, estaba el padre Isidro con brazos cruzados, el ceño fruncido y la peor cara que hubiese visto en mi vida. Para algo sirvió el sermón, Henry Ventura hoy es sacerdote, el primer orionista venezolano y un hombre de Dios que dedicó su vida a esta obra.
Se me hace difícil resumir todas las anécdotas. Las veces que llevamos a presentaciones teatrales a los niños, luego de arduos ensayos, pero ellos felices porque salían, compartían y además eran aplaudidos. Mis cumpleaños ya no eran míos, eran de Jairo, llevaba la torta pero por supuesto primero se le cantaba a él y luego a mí, fueron las mejores velas apagadas.
De las personas maravillosas que conocí, recuerdo al padre Fioravante Agostini, italiano. Me tocó prepararle una cena que no me quedó muy buena y plancharle unas camisas que tampoco quedaron lisitas. Pero él tan noble, siempre fue muy agradecido. Intercambiábamos cartas, sabía cuando lo cambiaban de centro, de Italia a España y viceversa. La última vez que lo vi fue en la estación de trenes en Termini, Roma en el año 2000. No podíamos creer que fuera posible encontrarnos y abrazarnos nuevamente. Me enteré de su muerte y pensé, hay otro ángel orionista en el cielo.
Él fue el encargado de enviarme una postal que decía: “Sólo con la caridad se salvará el mundo”, una frase de San Orione. Entendí que era cierto. Pero además la caridad nos salva a nosotros, de nuestros egoísmos y miserias, nos hace entender al otro, como el prójimo, como al más cercano.
Muchas otras veces pasé, ya no con la misma intensidad en tiempo y dedicación, pero con el cariño intacto, a compartir, para abrazar, para recorrer las miradas y los gestos que siguen dejando huella en mí ser.
Ya HONIM no es la casa pequeña, ni yo la jovencita que aprendía todos los días algo nuevo, pero el vínculo de familia siempre estará, sin importar los años y la distancia.
En estos días observé que en la página de Facebook del HONIM anunciaban su aniversario. Pues sólo me queda desearles feliz cumpleaños a través de estas líneas y de este montón de recuerdos que siempre llevaré en mi corazón, como el mejor período de mi vida. Gracias y que cumplan muchos más.

 

Besitos chimbos

 

besos

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Las redes sociales han sido una revolución en cuanto al acercamiento de las personas. No faltará quien objete tal afirmación y exprese que también sirve para lo contrario. Es poco importante. Lo que sí me interesa recalcar, es que el bendito whatsapp se ha convertido en una plataforma de enviar y recibir mensajes de cualquier tipo (escritos, audio, fotos o vídeos), todos validos sobre todo si de creatividad hablamos.
El otro día rechacé unos besos apasionados, que de más está decir es imposible que me los den porque el individuo en cuestión no está ni remotamente cerca. Mi respuesta fue: Acepto besitos chimbos.
Luego hoy, ya saturada de mi actividad formal decidí escribir y preguntar: ¿Qué son los besitos chimbos?, ¿Existen?, ¿Se puede medir o catalogar un beso?
Poetas y músicos han dedicado su prosa para intentar describir, lo que yo catalogaría como un encuentro de sentimientos, sin tocar el asunto amor.
Gabriela Mistral se adelantó a mi pregunta cuando yo aún no había nacido. Describe los besos como enigmáticos, sinceros, prohibidos o verdaderos. Incluso los tilda de sublimes, tibios y hasta los compara con azucenas.
Es decir, que la palabra chimba pudiera ser un adjetivo a un beso, sobre todo cuando las expectativas van más allá de una amistad, o cuando el deseo supera la lejanía a través de un dispositivo móvil.
Seguramente, si definiéramos el lugar corporal del beso, con eso nos podríamos aproximar a qué tipo de beso es. En la misma onda del whatsapp un individuo prometió besos donde nunca los hubiésemos recibido. Caramba, lo ponen a pensar a uno…
En fin que ni palabras ni filosofía, sirve para explicar esto, mientras tanto como la palabra chimba es venezolana y sólo nosotros sabemos a qué nos referimos con ello, yo finalizo esto como buena venezolana tarareando una canción de Yordano que me acompañó en este escrito y dice: “Un beso en la boca acabó con el juego, un beso en la boca selló la derrota, un beso en el alma llamó a la locura…”.

En el centro de Barquisimeto

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Decir voy a salir un rato en Barquisimeto, se puede convertir en un episodio lleno de emociones e impregnado de instantes con sabor a reflexión. Cada esquina de la ciudad salpica una anécdota, que sin duda alguna se convierte en un sello indeleble guardado en eso que llamamos memoria.

Esta mañana atravesé la Plaza Bolívar de mi ciudad, como tantas veces. Pero como nunca antes sentí un olor a limón, alcé mi mirada buscando un limonero y no lo encontré, pero el aroma continuaba, me arropó, me sumergió en el más cálido de los abrazos, pues entre ramas, brisa y destellos de luz, pude parar mi agenda por unos segundos. Ya no estaba apurada, mi rostro agradecía la caricia del viento y mis ojos se llenaban de ese cielo clarito de Barquisimeto.

Volteé mi mirada hacia la estatua de Simón Bolívar, seguía allí, imponente y tranquila, la piedra tallada ya no me parecía tan dura y tan fría, más bien reflejaba a ese hombre que es sinónimo de libertad, por su apodo, por su lucha y su obra. Mis pasos se perdían entre los cuadrados dibujados en el piso, hasta que culminé el recorrido por la plaza.

Me encontré a Argenis, sí al que todos conocemos como el “Loco de la Pancarta”. Quise saludarlo y compartimos unas palabras. “Tengo 25 años en esta lucha, los cumplo en noviembre. Es mucho tiempo con una protesta pacífica y no violenta. Me da mucha tristeza que ninguna de las autoridades haya podido entender mi clamor sobre los psiquiátricos, que no hayan hecho nada. Yo me pude escapar, pero los que se quedan dentro de estas instituciones de salud, la pasan mal. Me otorgan condecoraciones y premios, con eso no se resuelve nada. Creen que aumentando mi ego, puede callar mi conciencia”, lo manifiesta quien se cataloga como loco e indigente, pero que realmente es un héroe anónimo, un quijote sin molinos, pero si con mucho camino y con los ojos llenos de sinceridad.

Fui a la casa de Eustoquio Gómez, sede de la Corporación de Turismo de Barquisimeto (Cortubar). Entre una diligencia y un pasillo, me topé con unos señores esperando el turno para que le cortaran el cabello. Y mientras tanto, el barbero cantaba, rodeado de músicos, arpa, cuatro, objetos antiguos y muchas ganas de compartir. Un señor se me acercó para decirme que lo grabara, ya era tarde, tenía rato haciéndolo, estaba cautivada por el instante mágico que me devolvía al pasado y me recordaba el oficio que ejerció mi padre durante años y con el cual pudo sostener a una familia.

El sol indicaba que estábamos próximos al mediodía, el hambre también. Me compré un tostón, si de los de bolsita transparente. No llevaba la cuarta parte, cuando un joven me pidió uno. Tomé uno y le di lo que quedaba en la bolsa, recordando la frase de San Francisco de Asís: Es mejor dar que recibir. La cara de sorpresa y alegría, fue la mejor respuesta que pude obtener.

Unos señores jugando ajedrez, bajo la supervisión de Salvador Garmendia en la plaza de “Los libreros” y otros contando el dinero de la pensión, me recordó que la cotidianidad la hace cada uno, con sus propias tildes, sus puntos y comas, donde mejor las quieran ubicar.

Ya en el transporte público, pensé que se acabarían los episodios, pero estaba equivocada a Dios gracias. Un muchacho sube al autobús y cuatro en mano, comienza a cantar y a tocar. El que estaba a mi lado le dice, entregándole dos billetes de 50 en sus manos: “bro, síguele echando bolas”. No sé qué cara puse, pero quien compartía un pequeño viaje conmigo me dijo: “soy músico y reconozco cuando alguien toca y canta bien, de verdad que me gustó su interpretación”.

Es más que un gesto económico, se trata de uno envuelto en cariño y solidaridad con el desconocido, en un país tan necesitado de esas muestras de afecto y tolerancia mutua.

Recorrer Barquisimeto, es exactamente eso, encontrarse con sus espacios, con personas, caras, gestos, gritos, canto y expresiones, todas auténticas y genuinas, diferentes pero no por eso altisonantes, más bien cónsonas a una ciudad que va al ritmo de quien la camina y la descubre día a día.

Posdata: El vídeo no es profesional, sólo es una mirada a un espacio y personaje de la ciudad.

Las Olimpiadas: El sueño de Venezuela en el podio

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Fotos: Cortesía VTV

Era agosto de 1984 y mi papá nos reunió a todos frente al televisor. Estaba pequeña y no comprendía muy bien lo que ocurría, pero sabía que se trataba de algo bueno. Una especie de emoción invadía el ambiente y hasta complicidad. En la pantalla había cinco aros de colores diferentes, escuché un silbato y entendí que era una competencia.

Mi padre me hizo un gesto con los dedos y yo apuradita los crucé y me contagié de la energía bonita de ese momento.

Las Olimpiadas de Los Ángeles (1984) se celebraban en esa oportunidad. La palabra olimpiadas no era extraña para mí, a esa corta edad la asociaba con un osito y el nombre de la gimnasta Nadia Comăneci (por Moscú 1980).

Pero en estas competencias, que ahora aguardábamos había algo más que el respeto y la admiración por una gimnasta rumana. Los competidores saltaron, pero esta vez no desde una alfombra o potro, sino que se fueron directo el agua. Y el nombre por quienes todos estábamos reunidos y apostando era más sencillo de pronunciar y recordar: Rafael Vidal, nuestro Rafael Vidal.

Ese día el nadador consiguió Medalla de Bronce en estilo Mariposa. Y entendí toda la conmoción cuando en la pantalla salió el tricolor nacional, el mismo que desde pequeña llevaba en mis cuadernos, el que aprendí a colorear con creyones de cera o de madera, el que encontraba en el cole, pero además en ese caso venía dibujado entre gritos, aplausos y alegría con sabor a orgullo.

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Desde ese momento entendí que la cita en las Olimpiadas era cada cuatro años, y mi padre quien era italiano, me enseñó a que yo debía ligarla a mi equipo, a mis atletas, a quienes me representaban en otra nación, es decir, debía soñar con Venezuela en el podio. Más que un deber, se trata del sentir nacionalista que nos une.

Han transcurrido 32 años desde esa anécdota, pero el sentimiento está intacto en mí. En las otras olimpiadas, siempre crucé y aún cruzo los dedos y se me iluminan los ojos, cuando otro venezolano asiste a estas competencias.

Con mi tocaya: Adriana Carmona, me confundí ya que no entendía que el taekwondo para Barcelona 1992 era deporte de exhibición, y tanto ella como Arlindo Gouveia, recibían Medalla de Bronce y de Oro respectivamente, en una especie de sí, pero no. La alegría estaba como trancada, igual celebré.

Me la desquité completica con la misma Adriana Carmona, que en 2004 se alzó con la presea de Bronce en Atenas.

En 2008 lloré porque además de venezolana, se trataba de una guara, de Cabudare para ser más exactos, Dalia Contreras conseguía con la humildad que la caracteriza, una alegría color bronce para el país. Recuerdo que los colegas de Deportes, se trasladaron a la casa de esta muchacha a compartir el triunfo con sus familiares.

Para Londres 2012 ya llevaba cinco años trabajando en El Impulso y fue una tarde de Olimpiadas, cuando todos nos ‘encochinamos’ (nos atrasamos en las labores). Sin importar la fuente, todos absolutamente todos estábamos de pie. Nadie redactaba una letra. Los televisores de los distintos pasillos, estaban sintonizados en el mismo canal. Era el momento histórico en el que nuestro zorro, Rubén Limardo conseguía con su espada la Medalla de Oro para Venezuela. Luego del silencio aterrador, la alegría fue infinita, se desbordaba, una vez más nos abrazamos y esta vez con el Gloria al Bravo Pueblo de fondo, para sentir el corazón más apuraito que de costumbre.

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Aún no han culminado las Olimpiadas en Río 2016, todavía faltan jornadas deportivas por disfrutar. Pero las lágrimas a mí me han sorprendido en más de una oportunidad. Ver a la pesista Naryury Pérez no poder concluir su intento, observarla en el piso, era sentir lo áspero de esa alfombra en mi propia espalda. Y más adelante detallar el triunfo, de su compañera la también pesista Yaniuska Espinosa, quien además consiguió el primer lugar en el Grupo B de su categoría, eso contrastaba completamente toda emoción sentida.

La imagen de oro, para todos los venezolanos en estas Olimpiadas, fue la de Yaniuska abrazando a Naryury, ofreciéndole palabras de aliento, levantándola desde el ánimo y el compañerismo. Ese retrato, se debe repetir en nuestra cotidianidad, la nobleza del criollo, tiene que demostrarse con la misma gallardía de ambas pesistas.

Por supuesto, que al ver a Yulimar Rojas ganarse la Medalla de Plata, pues también ocasiona alegría y orgullo. En tres saltos se puede conseguir la victoria, fueron tres saltos los que nos hicieron soñar nuevamente con el podio y así fue, una vez más la bandera venezolana se izó en lo más alto, para movernos la fibra nacional.

Insisto, aún faltan días de competencias. Yo seguiré cruzando mis dedos, por Stefanny Hernández, Yoel Finol, por ellos y por todos los atletas de mi país,  en esta y en todas las Olimpiadas que veré.

Continuaré apostando por quienes como yo, se llaman venezolanos. El tricolor es uno, el país también, ellos nuestros embajadores deportivos. Que viva Venezuela en el deporte y en la esperanza de estos héroes que nos regalan sonrisas y lágrimas de sueño, de vernos retratados en la nación donde unidos y abrazados, apostando todos por el mismo logro, somos más.

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Posdata: Acá les dejo el enlace del vídeo en el que Rafael Vidal conseguía el Bronce para Venezuela:https://youtu.be/6HTu5ZNnaoQ

 

El maestro Alirio Díaz partió a la inmortalidad

La noticia enluta a todo el pueblo venezolano, pues Alirio Díaz se convirtió en el mejor embajador musical de este país. Su legado lo mantendrá vivo, fue y es el maestro de maestros

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Fotografía: Cortesía  Brigitte Zaczek

 

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Sus dedos eran largos y se paseaban por el traste y las cuerdas de la guitarra, una y otra vez. Era exactamente eso, un paseo, un deleite, una pasión. La música lo acurrucó, desde pequeño, desde su Canducha natal (La Candelaria) y nunca más pudo existir una separación entre ellos. La guitarra se convirtió en cómplice y amante, de las horas
más dulces, más fructíferas, más anheladas, eternas porque cuando un amor es verdadero,
siempre es eterno.
El 5 de julio de 2016, el pueblo venezolano se enlutó, por la ausencia física del maestro
Alirio Díaz, quien a sus 92 años nos dijo adiós. La guitarra larense pierde a uno de los más
emblemáticos representantes de la música, dentro y fuera del país.
El maestro Alirio Díaz partió a la inmortalidad, su legado sigue intacto, se percibe en
cada alumno, en cada discípulo que pudo seguir sus pasos.
Emprendió el vuelo más alto, para recordarnos que si vemos hacia el cielo, allí estará él en una estrella, susurrando, contando, cantando, tocando y brillando… Siendo luz para los cardones y tunas de Carora, para las calles empedradas, las casas que se quedaron intactas en el tiempo, los rincones y pasadizos de viviendas que sintieron sus pasos, sus rasgueos, su amor por esa tierra.
Alirio Díaz decidió encontrarse con Don Chío, quien lo adoptó y guió en sus primeros
pasos académicos, abrazar a su maestro Laudelino Mejías, quien le enseñó solfeo, armonía
y a tocar el saxofón; reunirse con sus mentores musicales: Vicente Emilio Sojo y Raúl Borges; con Regino Sainz de la Maza y Andrés Segovia sus maestros de guitarra en Madrid y en Siena, e incluso volverá a tocar la música venezolana con su coterráneo Rodrigo Riera.
Italia se convirtió en su segunda tierra, allí encontró el amor hecho mujer (Consolina Risi), la pedagogía, como forma de vida, como multiplicador de saberes y de aprendizaje, la docencia en la Academia Chigiana de Siena fue para Alirio Díaz, la forma de cosechar y sembrar por todo el mundo la pasión por la guitarra.
En Siena, la ciudad donde la lengua italiana nació, una de sus calles lleva el nombre del
guitarrista larense, como un reconocimiento a este promotor cultural de cuerdas y caja.
El mundo lo aplaudió de pie, cuando decidió emprender su carrera como concertista.
Nadie se pudo contener ante este trovador e insigne guitarrista. Reyes, reinas, presidentes,
embajadores, todos reconocieron su virtuosismo, es por ello que en su hoja de vida desfilan diferentes reconocimientos, entre ellos: Ciudadano Ilustre del Mundo (Londres); Comendador (Italia), y el premio Gabriela Mistral de la Organización de Estados Americanos (OEA), entre muchos otros.
Desde el miércoles 13 de julio llegó a Carora, tanto la ciudad como el Teatro Alirio Díaz
se convirtieron en una serenata permanente, para brindar un homenaje a este ilustre
venezolano.
Los pájaros deben estar afinando su canto, para la despedida de uno de los más
grandes hijos de Torres, su legado y su obra continuarán vivos entre nosotros, en cada plaza, en cada teatro, en cada ciudad de Venezuela, sonarán las cuerdas en melodías infinitas dedicadas al maestro: Alirio Díaz.

 

Alirio Díaz, un trovador de cuerdas

Las melodías salen y poco a poco hechizan a quien las escucha. La sensación de hipnosis, ante la magistral interpretación que realiza el virtuoso de la guitarra larense, Alirio Díaz embarga el alma a más de uno. 85 años de vida y 66 dedicándoselo al arte del rasgueo, lo han convertido en el mejor guitarrista de Venezuela y el mundo. Conózcalo

Adriana Ciccaglione adrianaciccaglione@gmail.com @adricicca

Fotos: Cortesia Fundación Alirio Díaz

Trabajo publicado en: Revista Sala de Espera

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Dos horas separan el camino de Barquisimeto a Carora. En el trayecto, los rayos del sol se van intensificando, hasta cubrir los pasos a propios y visitantes. Zona desértica y xerófila, rociada de gracia y armonía, entre la poca brisa y su suelo ardiente. Al llegar a la hermosa ciudad colonial, sus pisos empedrados, las  casas con techos rojos, su antigua Catedral y construcciones que se niegan a modernizar, van indicando el camino que conduce al equipo reporteril de Sala de Espera al encuentro con el virtuoso de la guitarra, el maestro Alirio Díaz.

En la Fundación que lleva el mismo nombre que el artista larense, esperaba ansioso el guitarrista, con ganas de platicar, escuchar, cantar, pero sobre todo tocar, tocar sin parar, hasta demostrar por qué es considerado el mejor en Venezuela y el mundo.

A sus 85 años de edad, su ánimo y buen humor, son sus acompañantes favoritos. La picardía que brota de sus ojos, descubre el interés que aún despierta en los periodistas. Una sonrisa es la mejor carta de presentación. Mientras se acomoda su corbata de seda rosada, combinado con un pantalón gris y un saco azul, nos recibe con un cordial saludo.

El sombrero es parte de su atuendo, que siempre lleva, al igual que su inseparable compañera, amiga, novia, amante, esposa y cómplice, la guitarra.

 

Entre rasgueos y acordes

Los largos dedos de Alirio Díaz, suben y bajan como pinceladas en el lienzo. Las notas musicales también salen con matices multicolores, como si se conjugara todo el arte en una sola obra. Algunas melodías son intensas y cálidas, como el amarillo del sol que a través de sus rayos se posa en la ventana de la casona, donde se encuentra el guitarrista.  Otras, en cambio, son tenues, dulces, como el susurro que arroja un avispón a la flor.

Todo depende de la pasión que le imprime Díaz a la interpretación. “Tocar es un arte y yo lo siento no sólo en mis manos, en los dedos, que muchos catalogan como prodigiosos. Para sacar de la guitarra esa alma que ella posee, necesito tener todo mi espíritu, concentración y empeño. Y es mutuo, yo le doy todo mi ser y ella me responde, es como una entrega de amor”, explica el maestro, mientras sostiene su guitarra.

¿Cuándo empezó ese idilio de amor con la música y la guitarra?

– Yo nací en La Candelaria, un pueblito que está ubicado a 30 kilómetros de Carora. Mi papá que era muy regañón y estricto, pues éramos once hermanos, tres hembras y ocho varones, él en medio de su rudeza, me enseñó a tocar cuatro. Era muy bueno en la música. Pero, como no todo es color de rosa, mi padre a quien amaba, lo que quería era que yo trabajara en el campo, cosechando, sembrando, trasladando la paja. Y yo me dije para mí, ‘¿quién yo?, que va, yo aquí no me quedo’ (risas).

¿Qué hizo para zafarse de ese compromiso?

– Me escapé de la casa, en una madrugada. Ya había planificado todo, tenía algunos folletos, calendarios, libros que llevaban los comerciantes a los pueblos, para mí eso era un tesoro. Ordene todo, lo metí en una caja y me fui a Carora, en ese tiempo viajaba constantemente para allá, le hacía diligencias a mi papá. La ciudad me llamaba la atención, porque se respiraba cultura, llegaban periódicos, se hablaban distintas lenguas, y, yo lo que buscaba era eso, educación. Quería culminar mis estudios primarios y sacar el bachillerato. Caminé por más de seis horas y sin un medio en el bolsillo, hasta llegar a la ciudad.

¿Quién le tendió la mano en esos momentos?

– Tenía un hermano que vivía en Carora. Pero gracias a Dios, conocí a Don Cecilio ‘Chío’ Zubillaga, él supo de mis intenciones musicales, sabía la vocación que sentía y los sueños que había traído. Ofrecía serenatas en su casa, me escuchaba y le gustaba como tocaba. Él fue un padre para mí. Me ayudó, escribió una carta de recomendación, al poeta Luís Beltrán Guerrero, quien trabajaba en el periódico Presente en Trujillo.

Allí me recibió Beltrán y me presentó con Laudelino Mejías, quien fue mi maestro en solfeo, armonía y me enseñó a tocar saxofón. Ahí empezó mi camino musical.

 

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Afinación al éxito
Después de vivir y estudiar en Trujillo que fue su cuna de inspiración, la vena artística le pedía a Alirio Díaz, seguir buscando y descubriendo métodos y enseñanzas, para perfeccionar su destino.
Con una buena base y formación, en 1945 se va a Caracas, donde continuaría forjándose como músico. Sus maestros son Vicente Emilio Sojo y Raúl Borges. Díaz tenía 22 años, en aquel entonces.
“Llegué a Caracas y estudié en la Escuela Superior de Música, mí profesor de guitarra era Raúl Borges, en ese momento me enamoré del instrumento. Allí estuve durante cinco años. Sojo y Borges, se empeñan en que debo seguir estudiando guitarra a un nivel más avanzado. Me consiguieron una beca del Ministerio de Educación y me fui a Europa”, relata Díaz.
¿Se fue a Europa?
– ¡Por supuesto! (exclama apresurado), como iba a desaprovechar la oportunidad. España me abre las puertas en 1950. Uno de los mejores guitarristas y compositores de aquel entonces, Regino Sainz de la Maza, era quien me impartía las lecciones en el Real Conservatorio de Madrid. Obtuve excelentes calificaciones, me otorgaron reconocimientos por ello, además de permitir que hiciera presentaciones como concertista.

Y después… ¿qué destino lo esperaría?
– Me enteré que Andrés Segovia, un guitarrista que daba lecciones en Italia. Duré un año nada más en España, al enterarme de esta noticia tomé un tren y me fui. Conocí la ciudad más hermosa de todo el mundo, Siena. Estuve en la Academia Chigiana, allí recibía clases.
Yo llevaba una técnica, una preparación y el entusiasmo. Solamente éramos cinco en el taller del maestro Segovia. La guitarra atravesaba un mal momento en Europa, había desencanto y desilusión, eran los tiempos de la posguerra.
Corría el año de 1951, y aunque era el mayor en la clase, mi empeño y sacrificio me sirvió, para que tres años después fuera el asistente y sustituto de Segovia, quien en ese entonces, era el más grande guitarrista del mundo.
Descubrí mis capacidades y talento, comenzó mi carrera como concertista y después nunca más pude parar. He recorrido todo el mundo llevando la música venezolana, como embajador de mi país.
En Italia permanecí 15 años, por eso mi amor y cariño con una nación que me dio todo, incluyendo al amor. Mi esposa, amiga, compañera y madre de mis hijos, Consolina Risi, es de allá y yo también me considero un hijo adoptivo de ese país.

Genio musical
Desde ese momento, el maestro Alirio Díaz brilló en los escenarios más fabulosos del mundo. Su guitarra iba guiando los pasos del artista, quien recorrió todo el mundo. Australia, Japón, Inglaterra, son sólo algunos países que desfilan en la agenda de Díaz.
Ha sido aplaudido por varias generaciones, que se han maravillado al ver y escuchar el genio musical que lleva en su espíritu el guitarrista, y, hasta han tratado de imitar su particular estilo.
A otros no le bastan las palmas, y le han otorgado premios y condecoraciones, que encabezan una larga lista de reconocimientos.
“Me siento feliz. He dejado una obra, divulgué la música de Antonio Lauro, Vicente Emilio Sojo e Inocencio Carreño. Hoy en día los estudiantes de guitarra, tocan los ritmos populares venezolanos”, manifiesta orgulloso.
Concursos y festivales nacionales e internacionales, llevan su nombre, como un tributo a esa herencia musical, que hoy sigue dejando frutos en el mundo entero. Hasta en Youtube se puede visualizar videos del maestro Díaz, interpretando magistralmente canciones con su guitarra, mientras que Google arroja 74.800 resultados al que quiera investigar la vida del larense.
“Yo sé que la gente me admira y quiere. Trato de responderles ese cariño, de la única forma que aprendí, tocando guitarra. Yo la sujeto duro, y le digo al oído suavecito, ‘ya nos toca, pórtate bien’. A veces ella me responde, otras me regaña y me quedo pensativo… es entonces cuando entiendo, que esto de tocar guitarra es un acto de amor, pasión y entrega”, dice locamente seducido por su guitarra, el maestro Alirio Díaz.