En el centro de Barquisimeto

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Decir voy a salir un rato en Barquisimeto, se puede convertir en un episodio lleno de emociones e impregnado de instantes con sabor a reflexión. Cada esquina de la ciudad salpica una anécdota, que sin duda alguna se convierte en un sello indeleble guardado en eso que llamamos memoria.

Esta mañana atravesé la Plaza Bolívar de mi ciudad, como tantas veces. Pero como nunca antes sentí un olor a limón, alcé mi mirada buscando un limonero y no lo encontré, pero el aroma continuaba, me arropó, me sumergió en el más cálido de los abrazos, pues entre ramas, brisa y destellos de luz, pude parar mi agenda por unos segundos. Ya no estaba apurada, mi rostro agradecía la caricia del viento y mis ojos se llenaban de ese cielo clarito de Barquisimeto.

Volteé mi mirada hacia la estatua de Simón Bolívar, seguía allí, imponente y tranquila, la piedra tallada ya no me parecía tan dura y tan fría, más bien reflejaba a ese hombre que es sinónimo de libertad, por su apodo, por su lucha y su obra. Mis pasos se perdían entre los cuadrados dibujados en el piso, hasta que culminé el recorrido por la plaza.

Me encontré a Argenis, sí al que todos conocemos como el “Loco de la Pancarta”. Quise saludarlo y compartimos unas palabras. “Tengo 25 años en esta lucha, los cumplo en noviembre. Es mucho tiempo con una protesta pacífica y no violenta. Me da mucha tristeza que ninguna de las autoridades haya podido entender mi clamor sobre los psiquiátricos, que no hayan hecho nada. Yo me pude escapar, pero los que se quedan dentro de estas instituciones de salud, la pasan mal. Me otorgan condecoraciones y premios, con eso no se resuelve nada. Creen que aumentando mi ego, puede callar mi conciencia”, lo manifiesta quien se cataloga como loco e indigente, pero que realmente es un héroe anónimo, un quijote sin molinos, pero si con mucho camino y con los ojos llenos de sinceridad.

Fui a la casa de Eustoquio Gómez, sede de la Corporación de Turismo de Barquisimeto (Cortubar). Entre una diligencia y un pasillo, me topé con unos señores esperando el turno para que le cortaran el cabello. Y mientras tanto, el barbero cantaba, rodeado de músicos, arpa, cuatro, objetos antiguos y muchas ganas de compartir. Un señor se me acercó para decirme que lo grabara, ya era tarde, tenía rato haciéndolo, estaba cautivada por el instante mágico que me devolvía al pasado y me recordaba el oficio que ejerció mi padre durante años y con el cual pudo sostener a una familia.

El sol indicaba que estábamos próximos al mediodía, el hambre también. Me compré un tostón, si de los de bolsita transparente. No llevaba la cuarta parte, cuando un joven me pidió uno. Tomé uno y le di lo que quedaba en la bolsa, recordando la frase de San Francisco de Asís: Es mejor dar que recibir. La cara de sorpresa y alegría, fue la mejor respuesta que pude obtener.

Unos señores jugando ajedrez, bajo la supervisión de Salvador Garmendia en la plaza de “Los libreros” y otros contando el dinero de la pensión, me recordó que la cotidianidad la hace cada uno, con sus propias tildes, sus puntos y comas, donde mejor las quieran ubicar.

Ya en el transporte público, pensé que se acabarían los episodios, pero estaba equivocada a Dios gracias. Un muchacho sube al autobús y cuatro en mano, comienza a cantar y a tocar. El que estaba a mi lado le dice, entregándole dos billetes de 50 en sus manos: “bro, síguele echando bolas”. No sé qué cara puse, pero quien compartía un pequeño viaje conmigo me dijo: “soy músico y reconozco cuando alguien toca y canta bien, de verdad que me gustó su interpretación”.

Es más que un gesto económico, se trata de uno envuelto en cariño y solidaridad con el desconocido, en un país tan necesitado de esas muestras de afecto y tolerancia mutua.

Recorrer Barquisimeto, es exactamente eso, encontrarse con sus espacios, con personas, caras, gestos, gritos, canto y expresiones, todas auténticas y genuinas, diferentes pero no por eso altisonantes, más bien cónsonas a una ciudad que va al ritmo de quien la camina y la descubre día a día.

Posdata: El vídeo no es profesional, sólo es una mirada a un espacio y personaje de la ciudad.

Las Olimpiadas: El sueño de Venezuela en el podio

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Fotos: Cortesía VTV

Era agosto de 1984 y mi papá nos reunió a todos frente al televisor. Estaba pequeña y no comprendía muy bien lo que ocurría, pero sabía que se trataba de algo bueno. Una especie de emoción invadía el ambiente y hasta complicidad. En la pantalla había cinco aros de colores diferentes, escuché un silbato y entendí que era una competencia.

Mi padre me hizo un gesto con los dedos y yo apuradita los crucé y me contagié de la energía bonita de ese momento.

Las Olimpiadas de Los Ángeles (1984) se celebraban en esa oportunidad. La palabra olimpiadas no era extraña para mí, a esa corta edad la asociaba con un osito y el nombre de la gimnasta Nadia Comăneci (por Moscú 1980).

Pero en estas competencias, que ahora aguardábamos había algo más que el respeto y la admiración por una gimnasta rumana. Los competidores saltaron, pero esta vez no desde una alfombra o potro, sino que se fueron directo el agua. Y el nombre por quienes todos estábamos reunidos y apostando era más sencillo de pronunciar y recordar: Rafael Vidal, nuestro Rafael Vidal.

Ese día el nadador consiguió Medalla de Bronce en estilo Mariposa. Y entendí toda la conmoción cuando en la pantalla salió el tricolor nacional, el mismo que desde pequeña llevaba en mis cuadernos, el que aprendí a colorear con creyones de cera o de madera, el que encontraba en el cole, pero además en ese caso venía dibujado entre gritos, aplausos y alegría con sabor a orgullo.

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Desde ese momento entendí que la cita en las Olimpiadas era cada cuatro años, y mi padre quien era italiano, me enseñó a que yo debía ligarla a mi equipo, a mis atletas, a quienes me representaban en otra nación, es decir, debía soñar con Venezuela en el podio. Más que un deber, se trata del sentir nacionalista que nos une.

Han transcurrido 32 años desde esa anécdota, pero el sentimiento está intacto en mí. En las otras olimpiadas, siempre crucé y aún cruzo los dedos y se me iluminan los ojos, cuando otro venezolano asiste a estas competencias.

Con mi tocaya: Adriana Carmona, me confundí ya que no entendía que el taekwondo para Barcelona 1992 era deporte de exhibición, y tanto ella como Arlindo Gouveia, recibían Medalla de Bronce y de Oro respectivamente, en una especie de sí, pero no. La alegría estaba como trancada, igual celebré.

Me la desquité completica con la misma Adriana Carmona, que en 2004 se alzó con la presea de Bronce en Atenas.

En 2008 lloré porque además de venezolana, se trataba de una guara, de Cabudare para ser más exactos, Dalia Contreras conseguía con la humildad que la caracteriza, una alegría color bronce para el país. Recuerdo que los colegas de Deportes, se trasladaron a la casa de esta muchacha a compartir el triunfo con sus familiares.

Para Londres 2012 ya llevaba cinco años trabajando en El Impulso y fue una tarde de Olimpiadas, cuando todos nos ‘encochinamos’ (nos atrasamos en las labores). Sin importar la fuente, todos absolutamente todos estábamos de pie. Nadie redactaba una letra. Los televisores de los distintos pasillos, estaban sintonizados en el mismo canal. Era el momento histórico en el que nuestro zorro, Rubén Limardo conseguía con su espada la Medalla de Oro para Venezuela. Luego del silencio aterrador, la alegría fue infinita, se desbordaba, una vez más nos abrazamos y esta vez con el Gloria al Bravo Pueblo de fondo, para sentir el corazón más apuraito que de costumbre.

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Aún no han culminado las Olimpiadas en Río 2016, todavía faltan jornadas deportivas por disfrutar. Pero las lágrimas a mí me han sorprendido en más de una oportunidad. Ver a la pesista Naryury Pérez no poder concluir su intento, observarla en el piso, era sentir lo áspero de esa alfombra en mi propia espalda. Y más adelante detallar el triunfo, de su compañera la también pesista Yaniuska Espinosa, quien además consiguió el primer lugar en el Grupo B de su categoría, eso contrastaba completamente toda emoción sentida.

La imagen de oro, para todos los venezolanos en estas Olimpiadas, fue la de Yaniuska abrazando a Naryury, ofreciéndole palabras de aliento, levantándola desde el ánimo y el compañerismo. Ese retrato, se debe repetir en nuestra cotidianidad, la nobleza del criollo, tiene que demostrarse con la misma gallardía de ambas pesistas.

Por supuesto, que al ver a Yulimar Rojas ganarse la Medalla de Plata, pues también ocasiona alegría y orgullo. En tres saltos se puede conseguir la victoria, fueron tres saltos los que nos hicieron soñar nuevamente con el podio y así fue, una vez más la bandera venezolana se izó en lo más alto, para movernos la fibra nacional.

Insisto, aún faltan días de competencias. Yo seguiré cruzando mis dedos, por Stefanny Hernández, Yoel Finol, por ellos y por todos los atletas de mi país,  en esta y en todas las Olimpiadas que veré.

Continuaré apostando por quienes como yo, se llaman venezolanos. El tricolor es uno, el país también, ellos nuestros embajadores deportivos. Que viva Venezuela en el deporte y en la esperanza de estos héroes que nos regalan sonrisas y lágrimas de sueño, de vernos retratados en la nación donde unidos y abrazados, apostando todos por el mismo logro, somos más.

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Posdata: Acá les dejo el enlace del vídeo en el que Rafael Vidal conseguía el Bronce para Venezuela:https://youtu.be/6HTu5ZNnaoQ

 

El maestro Alirio Díaz partió a la inmortalidad

La noticia enluta a todo el pueblo venezolano, pues Alirio Díaz se convirtió en el mejor embajador musical de este país. Su legado lo mantendrá vivo, fue y es el maestro de maestros

Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Fotografía: Cortesía  Brigitte Zaczek

 

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Sus dedos eran largos y se paseaban por el traste y las cuerdas de la guitarra, una y otra vez. Era exactamente eso, un paseo, un deleite, una pasión. La música lo acurrucó, desde pequeño, desde su Canducha natal (La Candelaria) y nunca más pudo existir una separación entre ellos. La guitarra se convirtió en cómplice y amante, de las horas
más dulces, más fructíferas, más anheladas, eternas porque cuando un amor es verdadero,
siempre es eterno.
El 5 de julio de 2016, el pueblo venezolano se enlutó, por la ausencia física del maestro
Alirio Díaz, quien a sus 92 años nos dijo adiós. La guitarra larense pierde a uno de los más
emblemáticos representantes de la música, dentro y fuera del país.
El maestro Alirio Díaz partió a la inmortalidad, su legado sigue intacto, se percibe en
cada alumno, en cada discípulo que pudo seguir sus pasos.
Emprendió el vuelo más alto, para recordarnos que si vemos hacia el cielo, allí estará él en una estrella, susurrando, contando, cantando, tocando y brillando… Siendo luz para los cardones y tunas de Carora, para las calles empedradas, las casas que se quedaron intactas en el tiempo, los rincones y pasadizos de viviendas que sintieron sus pasos, sus rasgueos, su amor por esa tierra.
Alirio Díaz decidió encontrarse con Don Chío, quien lo adoptó y guió en sus primeros
pasos académicos, abrazar a su maestro Laudelino Mejías, quien le enseñó solfeo, armonía
y a tocar el saxofón; reunirse con sus mentores musicales: Vicente Emilio Sojo y Raúl Borges; con Regino Sainz de la Maza y Andrés Segovia sus maestros de guitarra en Madrid y en Siena, e incluso volverá a tocar la música venezolana con su coterráneo Rodrigo Riera.
Italia se convirtió en su segunda tierra, allí encontró el amor hecho mujer (Consolina Risi), la pedagogía, como forma de vida, como multiplicador de saberes y de aprendizaje, la docencia en la Academia Chigiana de Siena fue para Alirio Díaz, la forma de cosechar y sembrar por todo el mundo la pasión por la guitarra.
En Siena, la ciudad donde la lengua italiana nació, una de sus calles lleva el nombre del
guitarrista larense, como un reconocimiento a este promotor cultural de cuerdas y caja.
El mundo lo aplaudió de pie, cuando decidió emprender su carrera como concertista.
Nadie se pudo contener ante este trovador e insigne guitarrista. Reyes, reinas, presidentes,
embajadores, todos reconocieron su virtuosismo, es por ello que en su hoja de vida desfilan diferentes reconocimientos, entre ellos: Ciudadano Ilustre del Mundo (Londres); Comendador (Italia), y el premio Gabriela Mistral de la Organización de Estados Americanos (OEA), entre muchos otros.
Desde el miércoles 13 de julio llegó a Carora, tanto la ciudad como el Teatro Alirio Díaz
se convirtieron en una serenata permanente, para brindar un homenaje a este ilustre
venezolano.
Los pájaros deben estar afinando su canto, para la despedida de uno de los más
grandes hijos de Torres, su legado y su obra continuarán vivos entre nosotros, en cada plaza, en cada teatro, en cada ciudad de Venezuela, sonarán las cuerdas en melodías infinitas dedicadas al maestro: Alirio Díaz.

 

Alirio Díaz, un trovador de cuerdas

Las melodías salen y poco a poco hechizan a quien las escucha. La sensación de hipnosis, ante la magistral interpretación que realiza el virtuoso de la guitarra larense, Alirio Díaz embarga el alma a más de uno. 85 años de vida y 66 dedicándoselo al arte del rasgueo, lo han convertido en el mejor guitarrista de Venezuela y el mundo. Conózcalo

Adriana Ciccaglione adrianaciccaglione@gmail.com @adricicca

Fotos: Cortesia Fundación Alirio Díaz

Trabajo publicado en: Revista Sala de Espera

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Dos horas separan el camino de Barquisimeto a Carora. En el trayecto, los rayos del sol se van intensificando, hasta cubrir los pasos a propios y visitantes. Zona desértica y xerófila, rociada de gracia y armonía, entre la poca brisa y su suelo ardiente. Al llegar a la hermosa ciudad colonial, sus pisos empedrados, las  casas con techos rojos, su antigua Catedral y construcciones que se niegan a modernizar, van indicando el camino que conduce al equipo reporteril de Sala de Espera al encuentro con el virtuoso de la guitarra, el maestro Alirio Díaz.

En la Fundación que lleva el mismo nombre que el artista larense, esperaba ansioso el guitarrista, con ganas de platicar, escuchar, cantar, pero sobre todo tocar, tocar sin parar, hasta demostrar por qué es considerado el mejor en Venezuela y el mundo.

A sus 85 años de edad, su ánimo y buen humor, son sus acompañantes favoritos. La picardía que brota de sus ojos, descubre el interés que aún despierta en los periodistas. Una sonrisa es la mejor carta de presentación. Mientras se acomoda su corbata de seda rosada, combinado con un pantalón gris y un saco azul, nos recibe con un cordial saludo.

El sombrero es parte de su atuendo, que siempre lleva, al igual que su inseparable compañera, amiga, novia, amante, esposa y cómplice, la guitarra.

 

Entre rasgueos y acordes

Los largos dedos de Alirio Díaz, suben y bajan como pinceladas en el lienzo. Las notas musicales también salen con matices multicolores, como si se conjugara todo el arte en una sola obra. Algunas melodías son intensas y cálidas, como el amarillo del sol que a través de sus rayos se posa en la ventana de la casona, donde se encuentra el guitarrista.  Otras, en cambio, son tenues, dulces, como el susurro que arroja un avispón a la flor.

Todo depende de la pasión que le imprime Díaz a la interpretación. “Tocar es un arte y yo lo siento no sólo en mis manos, en los dedos, que muchos catalogan como prodigiosos. Para sacar de la guitarra esa alma que ella posee, necesito tener todo mi espíritu, concentración y empeño. Y es mutuo, yo le doy todo mi ser y ella me responde, es como una entrega de amor”, explica el maestro, mientras sostiene su guitarra.

¿Cuándo empezó ese idilio de amor con la música y la guitarra?

– Yo nací en La Candelaria, un pueblito que está ubicado a 30 kilómetros de Carora. Mi papá que era muy regañón y estricto, pues éramos once hermanos, tres hembras y ocho varones, él en medio de su rudeza, me enseñó a tocar cuatro. Era muy bueno en la música. Pero, como no todo es color de rosa, mi padre a quien amaba, lo que quería era que yo trabajara en el campo, cosechando, sembrando, trasladando la paja. Y yo me dije para mí, ‘¿quién yo?, que va, yo aquí no me quedo’ (risas).

¿Qué hizo para zafarse de ese compromiso?

– Me escapé de la casa, en una madrugada. Ya había planificado todo, tenía algunos folletos, calendarios, libros que llevaban los comerciantes a los pueblos, para mí eso era un tesoro. Ordene todo, lo metí en una caja y me fui a Carora, en ese tiempo viajaba constantemente para allá, le hacía diligencias a mi papá. La ciudad me llamaba la atención, porque se respiraba cultura, llegaban periódicos, se hablaban distintas lenguas, y, yo lo que buscaba era eso, educación. Quería culminar mis estudios primarios y sacar el bachillerato. Caminé por más de seis horas y sin un medio en el bolsillo, hasta llegar a la ciudad.

¿Quién le tendió la mano en esos momentos?

– Tenía un hermano que vivía en Carora. Pero gracias a Dios, conocí a Don Cecilio ‘Chío’ Zubillaga, él supo de mis intenciones musicales, sabía la vocación que sentía y los sueños que había traído. Ofrecía serenatas en su casa, me escuchaba y le gustaba como tocaba. Él fue un padre para mí. Me ayudó, escribió una carta de recomendación, al poeta Luís Beltrán Guerrero, quien trabajaba en el periódico Presente en Trujillo.

Allí me recibió Beltrán y me presentó con Laudelino Mejías, quien fue mi maestro en solfeo, armonía y me enseñó a tocar saxofón. Ahí empezó mi camino musical.

 

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Afinación al éxito
Después de vivir y estudiar en Trujillo que fue su cuna de inspiración, la vena artística le pedía a Alirio Díaz, seguir buscando y descubriendo métodos y enseñanzas, para perfeccionar su destino.
Con una buena base y formación, en 1945 se va a Caracas, donde continuaría forjándose como músico. Sus maestros son Vicente Emilio Sojo y Raúl Borges. Díaz tenía 22 años, en aquel entonces.
“Llegué a Caracas y estudié en la Escuela Superior de Música, mí profesor de guitarra era Raúl Borges, en ese momento me enamoré del instrumento. Allí estuve durante cinco años. Sojo y Borges, se empeñan en que debo seguir estudiando guitarra a un nivel más avanzado. Me consiguieron una beca del Ministerio de Educación y me fui a Europa”, relata Díaz.
¿Se fue a Europa?
– ¡Por supuesto! (exclama apresurado), como iba a desaprovechar la oportunidad. España me abre las puertas en 1950. Uno de los mejores guitarristas y compositores de aquel entonces, Regino Sainz de la Maza, era quien me impartía las lecciones en el Real Conservatorio de Madrid. Obtuve excelentes calificaciones, me otorgaron reconocimientos por ello, además de permitir que hiciera presentaciones como concertista.

Y después… ¿qué destino lo esperaría?
– Me enteré que Andrés Segovia, un guitarrista que daba lecciones en Italia. Duré un año nada más en España, al enterarme de esta noticia tomé un tren y me fui. Conocí la ciudad más hermosa de todo el mundo, Siena. Estuve en la Academia Chigiana, allí recibía clases.
Yo llevaba una técnica, una preparación y el entusiasmo. Solamente éramos cinco en el taller del maestro Segovia. La guitarra atravesaba un mal momento en Europa, había desencanto y desilusión, eran los tiempos de la posguerra.
Corría el año de 1951, y aunque era el mayor en la clase, mi empeño y sacrificio me sirvió, para que tres años después fuera el asistente y sustituto de Segovia, quien en ese entonces, era el más grande guitarrista del mundo.
Descubrí mis capacidades y talento, comenzó mi carrera como concertista y después nunca más pude parar. He recorrido todo el mundo llevando la música venezolana, como embajador de mi país.
En Italia permanecí 15 años, por eso mi amor y cariño con una nación que me dio todo, incluyendo al amor. Mi esposa, amiga, compañera y madre de mis hijos, Consolina Risi, es de allá y yo también me considero un hijo adoptivo de ese país.

Genio musical
Desde ese momento, el maestro Alirio Díaz brilló en los escenarios más fabulosos del mundo. Su guitarra iba guiando los pasos del artista, quien recorrió todo el mundo. Australia, Japón, Inglaterra, son sólo algunos países que desfilan en la agenda de Díaz.
Ha sido aplaudido por varias generaciones, que se han maravillado al ver y escuchar el genio musical que lleva en su espíritu el guitarrista, y, hasta han tratado de imitar su particular estilo.
A otros no le bastan las palmas, y le han otorgado premios y condecoraciones, que encabezan una larga lista de reconocimientos.
“Me siento feliz. He dejado una obra, divulgué la música de Antonio Lauro, Vicente Emilio Sojo e Inocencio Carreño. Hoy en día los estudiantes de guitarra, tocan los ritmos populares venezolanos”, manifiesta orgulloso.
Concursos y festivales nacionales e internacionales, llevan su nombre, como un tributo a esa herencia musical, que hoy sigue dejando frutos en el mundo entero. Hasta en Youtube se puede visualizar videos del maestro Díaz, interpretando magistralmente canciones con su guitarra, mientras que Google arroja 74.800 resultados al que quiera investigar la vida del larense.
“Yo sé que la gente me admira y quiere. Trato de responderles ese cariño, de la única forma que aprendí, tocando guitarra. Yo la sujeto duro, y le digo al oído suavecito, ‘ya nos toca, pórtate bien’. A veces ella me responde, otras me regaña y me quedo pensativo… es entonces cuando entiendo, que esto de tocar guitarra es un acto de amor, pasión y entrega”, dice locamente seducido por su guitarra, el maestro Alirio Díaz.

Ay San Antonio bendito…

Por: Adriana Ciccaglione
@adricicca

Hoy tenía el firme propósito de hacer el velorio de San Antonio, bailar los sones y pedirle al santo un milagro. Entonces se me ocurrió preguntarle a mi querido Méndez Ramón qué le pedía al santo y me respondió: Dinero mija dinero, con dinero viajas y te olvidas de los desamores. Luego insistí. Y le pregunté a Karina Sellanes y me dijo: “No le vayas a pedir marido, porque esos post tuyos en fb enguayabada son buenísimos”. moraleja: Enguayabada la vida es más, jajaja. Me acordé de un profesor de Literatura que nos decía que no sabía porque extraña razón las novelas que tenían éxito eran aquellas marcadas por el drama. Me queda pedirle a San Antonio no un novio bonito como el de Flora y Hortensia, sino la sabiduría necesaria para seguir este camino lleno de personas que comparten contigo esos gestos bonitos llamados amistad.

El guayabo del desarraigo

Por: Adriana Ciccaglione
@adricicca

En un sobre, de esa forma me entrega una amiga de mi hermana Vincen unas medallas que nos ha enviado. Envueltas con cariño, así viaja ese sentimiento de los venezolanos que decidieron emigrar a otro país. Ya no hay chance para regresar, ya la geografía quedó atrás. Los afectos no, es imposible, pero ni la tecnología ni esos amigos viajeros pueden suplantar el abrazo del ser amado.
Así comenzó este 18 de octubre, lleno de nostalgias por aquellos que decidieron llenar sus maletas con expectativas mejores a las que ofrece Venezuela.
Tomo el celular entre mis manos y le intento mandar un mensaje de voz de feliz cumpleaños a mi mejor amiga quien se encuentra en Buenos Aires. Comencé muy bien, el final estuvo complicado… se me quebró la voz, empecé a llorar. Es inevitable, era una fecha para celebrar y la distancia siempre tan impertinente me recuerda una y otra vez que nos separan kilómetros. ¿Alegrarme por sus triunfos y éxitos? Si claro, pero así de lejitos, me falta la complicidad, los minutos robados a nuestros empleos para tomarnos un café y ponernos al día. Me falta eso y mucho más.
En la tarde, se me ocurre bromear con un amigo sobre sus gustos musicales. Le encanta Silvio Rodríguez, a mí también. De música y anécdotas juveniles, pasamos al tema ineludible: el país se nos cae a pedazos ante nuestros ojos. Una noticia me espabila, se va para Bogotá. Deja todo, se lleva su afecto más seguro: su hijo. Una frase abruma la conversación, “aún no logro aceptar lo que estoy haciendo”. Y es que irse no es sinónimo de querer hacerlo. Es una decisión, que en este caso se ha convertido en un mandamiento para millones de venezolanos.
Leonardo Padrón en su crónica Fragmentos de una montaña rusa dice: “La vida cabe en dos maletas. Eso ha comprendido un millón y medio de venezolanos en los últimos años. Cuando decides abandonar el país tu vida se reduce a dos simples maletas. No hay espacio para el apego. Sería exceso de equipaje”.
No hay espacio para el apego para aquellos que se van, y quiénes nos quedamos tampoco tenemos derecho a ello. La nostalgia no cabe en dos maletas, tampoco la soportamos quienes tenemos que despedir a aquellos que más amamos. Al parecer el éxodo se convirtió en una epidemia incurable.
Intento evadir la tristeza, pero ya era muy tarde, me había invadido por completo. Comprendí que los tacones y el ron no son buena mezcla. En la madrugada el insomnio me recuerda que al guayabo del desarraigo no le importa la hora, está allí en un pensamiento voraz.
Finalmente las lágrimas decidieron emprender su camino. Me surcaron las mejillas, se deslizaron por el cuello y hasta las tetas se me llenaron de hiel.
La amargura del hasta luego es inevitable, independientemente de las promesas que se escuchan: ‘Vengo en diciembre’, ‘avísame cuando vayas’, ‘te guardo el sofá’. Eso no es suficiente, para quienes permanecemos anclados al país de las despedidas.
El adiós tiene un sabor particular, indescriptible en palabras. En sentimientos sobran las acepciones. Se trata de un hecho que comienza con la decisión de partir y no termina nunca, ni siquiera con la ventanilla del avión empañada.
Ante la desesperación de un país que se nos va, los venezolanos nos convertimos en alquimistas del desarraigo.

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El Hermano Miguel: El faro que alumbró La Salle

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Por: Adriana Ciccaglione @adricicca

Foto: Cortesía EL IMPULSO

Tenía cinco años y finalmente me habían inscrito en el mismo colegio donde estudiaban mis hermanos: La Salle. A los cinco todo nos parece grande. Nos atemorizaba un mundo visitar el Museo de La Salle en Barquisimeto, que en ese momento quedaba en la parte alta del patio del colegio grande y que luego se convertiría en el gimnasio de los muchachos (hoy no existe ese espacio). Era tenebroso, oscuro, frío. Los megaterios para nosotros eran monstruos gigantes que en cualquier momento podían cobrar vida y comernos completicos. Entrábamos y salíamos con miedo, mucho miedo.

Finalmente un día no nos llevaron más. Cuando íbamos al colegio grande, las puertas del museo estaban cerradas. Habían transcurrido dos años y llegó a Barquisimeto el Hermano Miguel Laforga, quien estudió Entomología (investigación de insectos) y que se enamoró del proyecto inmediatamente lo conoció. Heredaba nada más y nada menos que el trabajo de dos grandes: Hermano Nectario María y Hermano Basilio. El museo había nacido de las manos y de la investigación de estos estudiosos en 1922.

Pero los sueños del Hermano Miguel pronto se verían interrumpidos. El lugar tenía mucha humedad, una bronco-pulmonía lo dejó en cama durante tres meses. El doctor fue enfático y le dijo: “No sé si usted está trabajando en una cueva, pero de seguir en ese lugar la muerte lo visitará antes”.

De allí nació una propuesta. Al museo lo mudarían. Pero el nuevo lugar era muy pequeño, para la cantidad de objetos paleontológicos y antropológicos que había y que debían ser tratados con mucho cuidado. Es por ello que desde 1983 La Colección Museo La Salle está en comodato en el Museo de Barquisimeto, donde se exhibe una de las mejores propuestas, que cualquier otro museo en el mundo desearía tener por su valor histórico.

Ya recuperado y con luz verde el Hermano Miguel emprendió su misión. Le añadió toda la sazón posible. Era el inicio de un nuevo museo. Integró a los alumnos, realizaba expediciones a Cubiro, Quíbor, al Parque Terepaima y otros lugares del estado Lara. Los enseñó a atrapar a las mariposas, clasificarlas según la especie y preservarlas a través de un tratamiento con naftalina y unas cajetillas bien particulares donde se colocaban.

De esta iniciativa nació el Centro Científico, un grupo de estudiantes de La Salle lo integraban. Mis hermanas Carmen Lucía y Vincenzina fueron parte de las fundadoras. La idea era reunirse en un salón y conocer más a fondo todos esos temas de la naturaleza que tanto les interesaban a los muchachos. Las excursiones seguían y se convertían en un aula a cielo abierto guiado por el Hermano Miguel.

Cuando yo tenía ocho años un día llegó el hermano al apartamento donde vivíamos. Llevaba unas láminas de aluminio, que estaban en el colegio. La idea era que mi hermana las pintara por el lado plateado, que no tenía anuncios por supuesto. Vincen se encargó de recrear los paisajes que el Hermano Miguel le indicaba. Yo sólo veía y pasaba algunas pinturas. Ese fue el primer paso para ambientar el Museo de Ciencias La Salle. Claro tan perfeccionista y exigente el hermano, años después lo cambió por lo que hoy podemos apreciar.

Miguel Laforga siempre fue un enamorado de la naturaleza. A mí, ya grande no se me ocurrió peor cosa que quedarme dormida un viernes por la tarde en la clase del Centro Científico. Cuando abrí los ojos, el hermano estaba con los brazos cruzados y un gesto de indignación total.

Buscaba la excelencia en sus muchachos, porque él daba lo mejor. Yo tan joven en ese momento, no lo entendía así. Al transcurrir los años lo pude ver mejor. Valoré más su trabajo, en más de una oportunidad hice reportajes sobre el museo, y el orgullo que me daba cada vez que escuchaba una explicación, salía de mi pecho y me abrazaba por completo. Una sensación completamente lasallista.

“Si les dices piedras, yo me pongo muy bravo, sabes que sí. Son minerales Adrianita, que las piedras son otras y no tienen las particularidades de estas”, decía.

Un día me contó lo del feto de seis meses. Era una niña que había nacido sin cerebro, desde el Hospital Central Antonio María Pineda llamaron al Hermano Miguel, para saber si estaba interesado en guardarlo. Dijo que sí. Hace un par de años, una pareja con dos niños visitó el Colegio y Museo La Salle. Le preguntaban mucho acerca del feto. Al hermano esto le llamó la atención. Eran los padres de esta niña, quienes daban testimonio de vida luego de superar esta adversidad en su vida.

“Es una historia estremecedora, que me conmueve, lo más bonito es que pudieron hacer una familia”, comentaba el hermano cuando se acercaba al área de Fenomenología.

En agosto de 2013 mi hermana Vincen se vino de vacaciones con mi sobrina Silvanna. Ya Silvi de bebé había ido al Museo de Ciencias de La Salle. Quisimos ir a visitar más que al espacio, a ese hombre que como dice el himno de nuestro cole: faro es que de alumbrar, se convirtió en el faro que alumbró La Salle de Barquisimeto y a todos aquellos que pasamos por allí.

No sabía yo que esa sería la despedida, sin embargo, comentó su preocupación sobre qué le pasaría al museo después de su muerte, ojalá un lasallista le pueda imprimir el mismo amor y trabajo como lo hizo el hermano. Estaba muy contento. Nos regaló unos dijes de cuarzo a las tres. El lunes 16 de junio renovó sus votos religiosos. El martes 17 de junio, sin saber la noticia me quise estrenar el dije que me obsequió. Bella forma de despedirse.

Entrar al Colegio La Salle, para decirle adiós significó un mar de recuerdos de momentos inolvidables. Hoy sólo nos queda decirle: Gracias Hermano Miguel, por ser faro, por ser luz, por ser maestro, guía y ejemplo a seguir.